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miércoles, 10 de octubre de 2012

Dejima 1ª parte

No sé a vosotros pero a mí la curiosidad me ha picado muchas veces con algunos temas relacionados con el bonsái. En este caso me gustaría iniciar una serie de entradas donde tras una pequeña investigación he averiguado el porqué de los epítetos asignados a algunas especies de árboles que utilizamos para bonsái ¿Os suena thunbergii, sieboldii, buergerianum, kaempferii, hindsii, etc? En estas historias os lo cuento…

En este viaje debemos ir a Japón, ¡claro!, al igual que un día muy lejano lo hicieron nuestros antepasados españoles que se dedicaban a recorrer el mundo con sus naves en busca de riquezas. Naturalmente dentro de esas riquezas estaban las almas humanas ya que España no se interesó mucho por Japón desde el punto de vista comercial pues no poseía grandes recursos naturales pero si del religioso –incluso San Francisco Javier visitó las islas en 1549 para iniciar la evangelización-. Sin embargo, parece ser que entre la intolerancia del cristianismo hacia el sistema de gobierno feudal, el antecedente de la conquista de Filipinas y las rencillas entre holandeses, portugueses y españoles, las autoridades niponas acabaron por rechazar de lleno la cristianización y expulsar a sus seguidores del país, produciéndose entonces un aislamiento general que permaneció hasta mediados del siglo XIX. Pero un estado con escasos recursos –dicen los entendidos que si Japón hubiera sido rico en minerales preciosos, España lo hubiera conquistado sin muchos problemas a pesar de la gran cantidad de armas de fuego que ya se utilizaban en aquel país- no podía dar la espalda al resto del mundo así que decidió entablar, eso sí de manera aséptica, una relación comercial con Holanda que duró varios siglos. Con anterioridad, portugueses –en 1550-, ingleses y holandeses – a inicios del siglo XVII- se habían asentado en la ciudad japonesa de Hirado como base de sus actividades comerciales.

En 1609 se da el primer paso en las relaciones Holanda-Japón con la concesión por parte del Shogun de un acuerdo comercial. Portugueses y españoles fueron expulsados de Japón en 1638 quedándose los holandeses por su condición de protestantes.
Los comerciantes holandeses que se interesaron por el negocio de las especias que hasta entonces había estado dominado por los portugueses y a la sazón por la Corona Española ya que había anexado a Portugal, se establecieron en las Indias Orientales, es decir, las islas que hoy en día forman Indonesia.

En 1602, se creó la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie, en adelante VOC) gracias a la concesión de un monopolio por parte de los Estados Generales de los Paises Bajos para realizar actividades comerciales en Asia. VOC fue la primera empresa multinacional y la más rica de la historia poseyendo poderes parecidos a los de un gobierno, como declarar la guerra, acuñar moneda, negociar tratados o establecer colonias.
Como hemos dicho, VOC se instaló en Hirado pero un hecho casual hizo que fueran expulsados de allí en 1641. Se construyeron dos grandes almacenes de piedra y como práctica habitual, los constructores dejaron reflejadas en la piedra las fechas en que fueron construidos, 1637 y 1639. Cuando el shogunato se percató de este hecho, no queriendo saber nada con el cristianismo y por tanto con la era cristiana –recordemos que nuestra fecha tiene como año cero el nacimiento de Jesucristo- mandó derribar ambos edificios. Aprovechando la ocasión y preocupados por la integridad cultural y política de su país, las autoridades japonesas confinaron a VOC en una pequeña isla artificial ubicada en la bahía de Nagasaki llamada Dejima -o Deshima- que había sido construida en 1634 por orden del Shogun y que acogió originalmente a los comerciantes portugueses (también influyó el decaimiento comercial en Nagasaki propiciado por la salida de los portugueses).

Dejima tenía 120 metros de largo y 75 de ancho y estaba unida a tierra por un pequeño puente. Los holandeses no podían salir de la isla –hecho este muy importante para nuestra historia- y estaban férreamente vigilados por oficiales japoneses como si de una cárcel se tratara para evitar que en ningún momento pisaran “suelo sagrado”. Se nombró un gobernador – bugyo- responsable de todos los contactos entre VOC y el shogunato.

Cada barco holandés que llegaba a Dejima que en total fueron 606 en todo el periodo de asentamiento, era inspeccionado por el gobernador y sus funcionarios. Las velas del buque eran plegadas hasta que el barco partiese de nuevo. Los libros religiosos y las armas eran sellados y puestos en custodia. No estaba permitido ningún servicio religioso en la isla.

Todos los gastos ocasionados por la isla debían ser pagados por VOC –entre vigilantes, comerciantes, funcionarios y traductores habría más de doscientas personas además de unos veinte holandeses- pero los beneficios eran muy altos, comerciando con seda originalmente aunque más tarde con azúcar, pieles de ciervo y tiburón o llevando allí paño de lana o cristalería desde Europa. Los propios empleados de Dejima comerciaban en lo que se denominó el comercio del Kanbang y que era permitido por el gobierno japonés para obtener libros y aparatos científicos.
Durante la ocupación napoleónica, Dejima fue el único lugar en el mundo donde ondeaba la bandera holandesa ya que sus gobernantes pudieron esquivar la dominación de franceses o ingleses.
Tras la bancarrota de VOC en 1795, el gobierno holandés tomó las riendas hasta 1847 fecha en la que acabó el asentamiento.

Con los años, Dejima fue cediendo terreno al mar y desapareciendo. Sin embargo, tanto para el pueblo de Nagasaki, Japón en general y el resto del mundo, Dejima jugó un papel decisivo en la historia de Japón. Frente al aislamiento del país -sakoku- surgió el movimiento rangaku que literalemente significa "enseñanzas de los holandeses" aunque se puede extender a enseñanzas extranjeras. Por ello se realizó un proyecto de restauración para que la isla fuera recordada (para los muy interesados http://www.city.nagasaki.nagasaki.jp/dejima/en/index.html
Aunque no está relacionado con el bonsái hay que destacar al cirujano alemán Caspar Schamberger como precursor de los rangaku que fueron continuados años más tarde por von Siebold.

A pesar de que en Japón solo existe una minoría de cristianos ( el 2%), en Nagasaki hay un gran número de ellos hoy en día, fruto de las misiones cristianas de los portugueses en Dejima.


Bahía de Nagasaki en la actualidad

Maqueta a escala de Dejima


Engelbert Kaempfer (1651-1716) era alemán, naturalista, explorador y médico y en 1690 llegó a Dejima. Estuvo dos años en Japón y supo, teniendo un gran tacto y diplomacia, así como siendo servicial desde el punto de vista médico, ganarse la simpatía de los japoneses que le abrieron el camino hacia la ansiada información.

Fue el primer científico occidental en describir la especie arbórea Ginkgo biloba, cuando en su época todos los colegas aseguraban que todas las especies de Ginkgo estaban extintas -la conocían gracias a fósiles encontrados y dudo si incluso se conocía por algún nombre en concreto-. Kaempfer compró la semilla y se la llevó de vuelta a Europa, introduciendo así esta especie - aún hoy se pueden contemplar estos árboles que fueron plantados en el jardín botánico de Utrecht -. En su nombre botánico aparece la L. que es señal de que esta especie fue clasificada por el propio Linneo.
También es especie dedicada al bonsái el Larix kaempferi nombrado, como otras, en su conmemoración.

Pero ¿de dónde viene este nombre tan impronunciable de Ginkgo? Algunos autores lo han investigado y han llegado a la siguiente conclusión: En Dejima, Kaempfer consiguió copias de un diccionario ilustrado “Kinmôzui” donde en el libro 18 correspondiente a frutas aparecía este árbol con el nombre de Ginkyo escrito en caracteres chinos. Significa "albaricoque de plata" (gin=plata, kyo=albaricoque). Kaempfer no estaba capacitado para leer este libro al no entender los caracteres chinos pero a base de numerar los caracteres podía ir descifrando las pronunciaciones. Aunque en un principio se pudo pensar que el cambio de la “y” por la “g” fue una errata del impresor del libro “Amoenitates Exoticae”, donde se publicó por primera vez esta especie, tras el análisis de las muchas notas que se han encontrado de Kaempfer en Dejima, todo indica que se trató de un fallo de este en la traducción. Le deberemos entonces siempre a él esta dificultad lingüística al pronunciar el nombre de esta especie tan maravillosa.


Continuará...




domingo, 7 de octubre de 2012

Lo que casi nadie suele contar

 
Dicen unas sevillanas muy conocidas…
 ♫ ♫ ♫ No me cuentes penas, cuéntame alegrías, cuéntame alegrías que yo a nadie le cuento las penitas mías ♫ ♫ ♫  

En esto del bonsái hay que estar preparado. Pienso que es una afición que engancha pero que a la larga, pocos la seguimos manteniendo. Una de las causas creo que principales es la mortandad prematura de los árboles con los que empezamos. Si eres capaz de sobreponerte a esas primeras pérdidas, puede ser que llegues lejos en la afición.

Tengo que reconocer que de árboles a los que he considerado como importantes dentro de mi colección solo he sufrido dos grandes pérdidas. Por desgracia una de ellas ha sido este verano. He tenido que decirle adiós a un pino sylvestris al que auguraba un gran futuro. Dura pérdida. Igual me pasó hace algo más con una sabina rastrera. Aún me duele el corazón pero ¿por qué no contároslo?...

Todo empezó en la terraza de la que disponía David Benavente en Madrid mientras asistía a uno de sus talleres. Observando sus magníficos bonsáis, vi algunos árboles en venta. Entre ellos una sabina rastrera con muy buena pinta. ¡Ah ya! Le vi la etiqueta y el precio no me gustó tanto (al final acabaré con fama de roñosete) ¡Venga Antonio que no está el patio para estos gastos! De vuelta a casa la sabina seguía en mi cabeza y no paraba de darle vueltas al asunto. Una mañana no pude más y llamé a David ¿la habría vendido ya? “Si David, esa que estaba junto a la ventana más al sur” Aún la tenía, transferencia al canto y cajón en casa a los pocos días. Así me llegó (perdonad pero en la foto no se aprecia bien el follaje).



Mucha ilusión. Lo cierto es que la sabina me encantaba. La dejaría reposar (no sabía el tiempo que llevaba recuperada) y al año siguiente la llevaría a un taller de David para la primera formación. Aún no entiendo como una persona tan poco paciente como yo se aficiona a esto. El caso es que no veía el momento de trabajarla y como siempre, todo llega en la vida. Febrero de 2010 y mi sabina viaja a Madrid en el maletero de mi coche.

Comienza el taller y toca el turno de estudiar mi árbol. Elección del frente, etc etc.


Yo ya lo había estudiado en casa hasta la saciedad pero en estos momentos me gusta más que hable el maestro porque además al final siempre es muy distinto el resultado a mis expectativas.

La primera rama de la izquierda había que moverla para adaptarla al Diseño que David había propuesto. Yo pensé “pues sí, menudo tocho, a ver quien mueve eso” pero para los grandes maestros no hay nada imposible. Alicates parte-troncos y tira millas.



A mí sinceramente no me hace mucha gracia esta raja que le queda pero ¡qué le vamos a hacer!



Preparada para alambrar


Un poco de alambre por aquí, un tensorcito por allá y la sabina estaba lista con un ángulo de plantado algo extremo.



Ya os dais cuenta por qué no me gano la vida como fotógrafo, perdonad por la calidad de las fotos en general, soy negado.

Pasados unos días, la sabina secó una rama. Lo achaqué a un mal alambrado por mi parte ya que dañé parte de la corteza. Era una rama con cierta importancia pero nada que no pudiera arreglarse.
Decía Marco Invernizzi en una entrevista que uno de los errores más comunes y graves entre los aficionados al bonsái era precipitarse en poner el árbol en maceta. Pues esa misma primavera ya estaba deseando cambiar la sabina a una maceta y así lo hice.
No sé que pasó además de esa precipitación que denunciaba Invernizzi, el caso es que después del trasplante la planta quedó en letargo. No brotó esa primavera aunque conservó el verde durante mucho tiempo.

Mi preocupación iba a más hasta que un día el verde empezó a apagarse de forma generalizada. La prueba del algodón. Se aprietan las agujas y si te quedas con ellas en la mano ¡se acabó! La verdad es que sentí un gran dolor.



Solo conozco una forma de sobrellevar esto, hacerlo con resignación y ¡comprarme otra sabina! Pero esta será otra historia que os contaré más adelante.





jueves, 4 de octubre de 2012

Saihate no Oka: el sueño de Saburo Kato

Durante algún tiempo, publiqué algunos artículos en el foro Bonsaisur. Quizás retome para mi nuevo blog algunos de ellos. Este que pongo hoy es el que más me gustó de todos ya que me pareció bastante emotivo. Aunque hace poco El TIM publicó un artículo similar, creo que este lo complementa un poco.

En Junio de 2005, Morten Albek, Torben Pedersen y Johnny Eslykke (los conoceréis por la página shohin-bonsai europe) se desplazaron a Japón para entrevistar a Saburo Kato. “Tenía pensado haber salido hoy de vacaciones hacia Kyushu dijo Kato, pero lo dejaré para mañana y así poder estar con vosotros y tener ese sentimiento de unidad que el bonsái nos proporciona”.

“Tras admirar un pino blanco de más de 400 años y un shimpaku de unos 300, nos sentamos a conversar”, nos cuenta Morten, “su simpática y sonriente esposa nos sirve fruta fresca y te caliente”.

“Tenía 13 años cuando trabajé con bonsáis por primera vez” recordaba Saburo, “en aquella época el sistema escolar estaba organizado para que los jóvenes fueran a la escuela hasta los 20 años y después acceder a estudios superiores que es lo que mi padre quería, pero no, eso no era para mi. Yo lo que quería era trabajar bonsáis y hacer de eso mi vida… La continuidad de Mansei-en está asegurada ya que mi nieto quiere continuar con el vivero…”

“Sabéis una cosa…”, comentó Saburo, “desde mi infancia he dedicado al bonsai todo mi tiempo, podría decir que el bonsai no es algo especial en mi vida porque el bonsái es mi vida. Desde los veinte años he soñado con exponer mis propios bonsáis pero aún no he tenido tiempo de hacerlo…”. “¿Quiere decir”, se sorprendieron los entrevistadores,”que Saburo Kato uno de los mayores maestros de bonsái no ha exhibido jamás sus bonsáis?”. “No. Toda mi vida he estado muy ocupado trabajando bonsáis para mis clientes pero ahora, después de esperar más de setenta años ha llegado el momento de mi exposición especial. Espero hacerla muy pronto.”

“A pesar de sus 92 años, nos explica con entusiasmo sus planes y nos lleva bajo el sol abrasador del verano hacia un área fuera de la zona comercial que el llamó –mi jardín privado de bonsái-. Allí nos encontramos los bonsáis, todos de la misma especie, plantados en roca y colocados en el suelo.” Saburo nos explicó “La exhibición no tendrá bonsáis convencionales. Tendrá lo que se podría llamar bonsái creativo. Tengo ya preparados unos 40 árboles para hacerlo aunque me harían falta unos 20 más. Quiero que el número total de árboles sea de entre 60 y 70. Estoy feliz y aún encuentro la energía suficiente para hacer bonsái y tener nuevas ideas. Es el bonsái el que me da las fuerzas…”

Algunos estaréis pensando, ¿de qué especie serán todos los árboles? Aaaamigo…tendréis que esperar un momento, sigo un poco más con la entrevista:
“Cuando estoy cansado” dice Saburo con nostalgia “me siento entre estos árboles, retrocedo 50 años en el tiempo y mi mente vuela hasta Rusia…” ¿Eeeeeh? para, para ¿que pinta Rusia en toda esta historia? me pregunto yo.
Yo siempre he admirado la película Ciudadano Kane (la primera vez que la vi siendo un chaval me pareció un rollo) porque pienso que todos tenemos un Rosebud. Perdonarme que os cuente una historia y luego sigo con la entrevista.

A finales del siglo XIX un grupo de bonsáistas reconocieron el enorme potencial que la picea glehni (picea de Ezo; Ezo era el antiguo nombre de Hokkaido) tenía como bonsái pero no fue hasta el final de la primera guerra mundial cuando se reconoció esto a nivel general una vez se trajeron recuperados bastantes árboles de esta especie. Para obtener los mejores ejemplares de esta picea se desplazaron hasta la isla de Kunashiri cerca de la península de Chishima en Hokkaido. Estas islas pasaron tras la segunda guerra mundial a ser territorio ruso (de ahí que Saburo se refiriera a Rusia, pero luego seguiremos con eso). Son las que nosotros conocemos como islas Kuriles donde aún hoy en día Japón mantiene un contencioso con Rusia por su dominio.

Tomekichi Kato fue el primero en alabar la belleza de la picea de Ezo y se apresuró a traerlas desde las islas de Hokkaido lo que propicio su popularidad.
Las piceas de Ezo de estas islas viven en un clima muy extremo ya que las montañas de Chacha-dake están heladas hasta julio y empiezan a volver a helarse en ¡Septiembre! La picea de Ezo no crece vigorosamente porque las condiciones del suelo impiden el crecimiento de las raíces, se mantienen vivas gracias a las pequeñas raicillas que se desarrollan en la parte superior de la capa de musgo esfagno que cubre todo el terreno. Además el árbol debe desarrollar los nuevos brotes y conseguir todo su crecimiento en tan solo tres o cuatro meses que dura la época de crecimiento (de principios de junio a finales de septiembre). Todo esto hace que los árboles de esta especie sean muy pequeños, incluso algunos de más de 100 años tengan el tronco del tamaño de un dedo lo que los hace propensos a convertirse en bonsáis.

Cuando los árboles eran recolectados, llegaban a la isla de Honshu a mediados de septiembre y en la siguiente primavera las piceas brotaban con un verdor bonito y brillante. Para emular sus condiciones naturales, las piceas recuperadas se plantaban en musgo esfagno que era su hábitat natural. Al ver la nueva brotación se pensaba que los árboles estaban perfectamente y se vendían. Sin embargo al cabo de algún tiempo, los árboles perdían el vigor y a finales de su tercer año en contenedor, la mayoría moría. Se puede decir que miles de árboles corrieron esa suerte ya que pasaron años hasta que se descubrió el problema.
Después de tantas muertes y tan tremendo caos emocional y económico, los compañeros de Tomekichi Kato sugirieron poner fin a las recuperaciones de las piceas de Ezo. Pero Tomekichi cautivado por la belleza de estos árboles continuó investigando para encontrar una solución al problema. Probó con nuevos métodos, abonos, macetas, riego, pero sin mucho éxito. Un día sobre 1928, al sacar una picea de su contenedor para trasplantarla se dio cuenta al eliminar las raíces deterioradas que había musgo podrido entre ellas. Los restos que quedaban parecían los mismos que quedan al hacer tofu. Cuidadosamente limpió las raíces y plantó el árbol en un sustrato normal, que a partir de entonces creció sano como una pera. Aunque las piceas crecían naturalmente en musgo, Tomekichi descubrió el problema que no era otro que al ser muy bajas las temperaturas ambientales donde viven las piceas, el musgo donde se desarrollan tarda mucho tiempo en descomponerse. Sin embargo al traer las piceas a un clima más cálido, el musgo se descomponía mucho más rápidamente y las raíces del árbol se pudrían al mismo tiempo.

La primera composición de Saburo Kato como bosque (yose-ue) fue un encargo del Sr Sakagami, presidente de una compañía que le pidió que le hiciera “el bonsai de su vida”. El deseo de Sakagami era que Saburo reflejara en la composición los bosques vírgenes de Hokkaido, usando las piceas de Ezo. La razón a este anhelo era que Sakagami era admirador del poeta Takuboku Ishikawa y quiso que Saburo reflejara el corazón del poema:

“Saihate no eki ni oritachi
Yuki akari sabishiki machi ni
Ayumi iriniki”

“Me bajé del tren en la remota estación y paseé por una ciudad solitaria iluminada solo por la nieve.”

“Shira shira to kouri kagayaki
Chidori naki
Kushiro no umi no
Fuyu no tsuki kana”

“El hielo brillaba, un chorlito cantaba, la luz de la luna de invierno en el mar de Kushiro”.

Este bosque se llamó Saihate no Oka (Colina remota).



 


A pesar que Saburo recordaba perfectamente los bosques de Hokkaido viajó allí varias veces para perfeccionar esta composición a la que dedicó 4 años. La terminó en 1957.

Pero continuemos con la entrevista…

“Estos bonsáis llevan conmigo 70 años y he trabajado en ellos desde entonces. Los recolecté en una isla de Hokkaido al norte de Japón. Desde Hokkaido había que viajar tres horas en barco hasta Rusia. Doce veces hice este viaje a Rusia para recolectar las piceas en las montañas costeras. Hoy, no es posible para nadie recuperarlas pues en Rusia está totalmente prohibido. Eso hace más especiales estos árboles. El mayor de ellos tiene unos 270 años.” Cuando me siento aquí recuerdo todo eso, cuando iba con mi padre, si muy felices momentos… Cuando miro este paisaje siento felicidad y tristeza al mismo tiempo porque recuerdo cosas buenas pero también malas.
Estos que veis son 25 de los árboles que tengo preparados para mi primera exposición. La composición muestra el escenario donde fueros recuperados en Rusia. Las montañas al fondo, en la mitad el bosque y en nuestros pies la línea de costa con piedras y bosques. De esta forma que los veis, serán exhibidos, es decir, sin macetas, plantados en roca. En total habré creado unas doscientas de estas piceas, veinte de las cuales se las regalé al Emperador.


Si las personas crean bonsái por supuesto que se divertirán pero también tendrán momentos de sacrificio. Si trabajas lo suficientemente duro, la recompensa será mucho mayor al final. Enseñar bonsái también me fascina en mi vida y regularmente voy a casa de personas mayores a enseñarles…”



Saburo Kato 15 de Mayo de 1915- 8 de Febrero de 2008


miércoles, 3 de octubre de 2012

Sabina phoenicea II

Seguimos con la historia de mi sabina

Le dije a David que me la guardara en el museo hasta el taller que se impartiría los días 14 y 15 de enero de 2006. El tiempo se me hizo eterno hasta esa fecha pero ¡por fin, el día había llegado! Como cualquier pardillo de provincias (que se decía antes) pasé tímidamente al museo y empecé a ver entrar a los participantes con unos árboles que quitaban el hipo. Todo el mundo parecía conocerse. Yo, al no haber leído revistas especializadas ni visitado páginas de Internet, a la única persona que iba a conocer era a ese chico de pelo largo y recogido que había visto en la revista. Luego con el paso del tiempo descubriría quienes eran los otros participantes (tela marinera).

Como ya había intuido al leer la revista, mis conocimientos de bonsái estaban bajo mínimos y desde el primer momento intenté que no se notara pero claro, enseguida empezaron las dudas.
David, muy amablemente, dibujó un boceto de cómo podía ser el diseño a seguir. Ahí empecé a conocer su extraordinario arte.


Con mi árbol delante, había que alambrar, si, yo ya lo había hecho muchas veces antes pero había llegado la hora de la alternativa. Si no llega a ser por un chico y una señora muy amables, todavía estaría alambrando mi querida sabinita. Gracias Jose María, gracias Carmen os deberé siempre una muy gorda.

Bueno, puesto de manifiesto mi total desconocimiento y a pecho descubierto intenté empaparme de lo que a mi alrededor ocurría. Eso era de locos, ¡mecanizando el árbol con una amoladora!, ¡poniendo rafia en algunas ramas! pero ¿qué era todo eso?

Una vez hube alambrado el árbol llegó el momento mágico, desde entonces mi momento más esperado. El artista obra el milagro. Poco a poco va colocando las ramas en su sitio, corta otras ¡y qué gordas! Y después de un rato la sabina ya tenía su primera formación.
 


Me fui de allí con una extraña sensación ¿estaba dispuesto a aprender todo aquello? ¿merecería la pena el gasto tanto económico como temporal y emocional? Sin aún saberlo, otra persona distinta salió aquel día del Museo de Bonsáis de Alcobendas. Mi subconsciente ya había tomado una decisión.

Como he dicho, con el tiempo pude ir sabiendo quienes fueron mis compañeros de taller: Jose Manuel Frontán, Luis Vila, Jose María Rubio, Jose Luis Blasco, Carmen Baiget, Jesús Quintas (el experto en suisekis), Alex Gómez y algunos otros aficionados que aunque conozco de vista no sé sus nombres ¡Casi nadie! Por suerte luego vinieron otros muchos talleres con David. Ahora soy yo el que casi conoce a todo el mundo.

Nunca se me olvidará el momento de llegar a casa con mi hija recién nacida. La condenada no traía manual de instrucciones y no sabíamos que hacer con ella. Algo parecido sentí al llegar a casa con mi sabina recién formada. Por lo pronto esperar a la primavera para transplantarla y ponerla con el ángulo adecuado. Fue la primera vez que utilicé Akadama y en esa ocasión al 100 %, luego aprendería más cosas sobre los sustratos.



Yo pensaba que ya estaba todo hecho. Un maestro me había diseñado mi arbolito. Debí pensar que era como un cuadro, se cuelga en la pared y listo. Pero resulta que durante la temporada de crecimiento se alargaron mucho los brotes, el alambre se empezó a clavar en la corteza ¿qué hacer Dios mío? Vale Antonio, tranquilízate un poco que todavía no sabes lo que es el pinzado, tiempo al tiempo. Tenía ese sentimiento de los que se han gastado dinero en un bonsái y temen perderlo. Por lo menos, los veinte años de afición me habían servido para saber cultivar (que no es poco).
Le quité los alambres. Las ramas importantes volvieron casi a su posición inicial y horrorizado pensé ¡de qué me ha valido ir al taller!

Durante los dos años siguientes conforme iba aprendiendo más cosas, las iba poniendo en práctica. Volví a alambrar, amplié el shari y… el paso más difícil ¡corté algunas ramas! Entre ellas la principal para dejar que se bifurcara en dos subramas. Había decidido que esa sería su maceta definitiva y nunca me lo he vuelto a plantear, sería como si yo me afeitara el bigote.



Ya estaba conmigo algo más de dos años pero le quedaba todavía un largo camino por delante. No acababa de convencerme el movimiento así que decidí que la copa debería ir mucho más hacia la derecha. Ese no era el diseño de David pero entonces averigüé que los árboles nos llevan donde ellos quieren en cada momento.
Así lo hice. Pasaron otros dos años y hay que reconocer que la especie de sabinas phoeniceas no son muy generosas en cuanto a compactar. Hay que pinzarlas, pinzarlas y pinzarlas.



El frente estaba muy despoblado y quedaría tiempo para poder taparlo. Ya la había makeado un poco con shari y jines blancos y madera viva lijada.

Y otros dos años más hasta nuestros días



Había llegado el momento de ver si en estos seis años había aprendido algo. ¡Manos a la obra!


Me dice mi amigo Salva que él le hubiera dado más movimiento a la rama principal. Yo no la veo monótona. Tiene una primera curva ya que sale de frente. Luego se bifurca. Además el alma en el primer tramo está seca y sería costoso hacerlo. El tachiagari tampoco tiene un gran movimiento, no sé, es cuestión de opiniones.
Espero que el aspecto futuro de este árbol vaya mejorando. Eso querrá decir que yo sigo aprendiendo cosas en el largo trayecto que aún me queda por delante pero como se dice siempre en este tema, la diversión está en el camino.


martes, 2 de octubre de 2012

Sabina phoenicea I


¡Hola amig@s del bonsái!

Después de darle muchas vueltas he decidido crear un blog. Por una parte no me considero lo suficiente interesante, importante o ameno como para crearlo pero por otra tengo que reconocer que cuando veo los blogs de otr@s compañer@s, sea cual sea su nivel dentro de este mundillo, me lo paso muy bien y estoy siempre deseando encontrar nuevas entradas.

También tengo que reconocer dos cosas. Una es que me gusta mucho contar historias y otra que me encuentro muy solo con esta afición ya que por mi tierra no hay ninguna asociación y ni tan siquiera un aficionado con el que compartir penas y alegrías o cualquier trabajo. Todo ello me hará asomarme a esta ventana de vez en cuando para compartir con vosotr@s los asuntos de bonsáis que tenga en mi cabeza en ese momento.

He elegido el título del blog como pequeño homenaje a mi querida amiga y paisana María Dueñas.

Los bonsáis nos cuentan historias por sí mismos y que mejor que mostrar una sabina que cuenta mi propia historia en el maravilloso mundo del bonsái.
Como en muchas otras personas, se despertó en mi esta afición viendo la película Karate Kid ¡ya ha llovido desde entonces! Me fui al monte, arranqué un pino piñonero y lo pinché en una maceta con tierra ¡qué iluso! Este fue mi primer pseudobonsái y el principio de un largo y agradable camino. Como lo que hice desde entonces no difiere demasiado de lo que todos los aficionados hacen en sus principios, doy un salto de  veinte años en el tiempo. Muchas veces los aficionados piensan que sus conocimientos sobre el tema son directamente proporcionales a sus años en la afición ¡craso error!

En noviembre de 2005 tenía que ir a la consulta del médico. Era de esos que te tienen al menos una hora en la sala de espera. Yo nunca había comprado la revista Bonsái Actual (todavía me estoy preguntando cómo pude esperar tanto tiempo) y camino de la clínica pasé por un quiosco donde tenían expuesto el número 102 de esa publicación. Se me encendió la bombilla y lo compré. No recuerdo si el médico me hizo esperar una hora, dos o tres porque estaba tan absorto con la revista que el tiempo dejó de existir. En este número descubrí pasmado un nuevo mundo a mi alrededor, los casi veinte años de aprendizaje “a mi aire” (por no decir autodidacta porque no me gusta el término) se quedaron en simples minutos. Y ahí estaba, un joven llamado David Benavente trabajaba una sabina phoenicea en las páginas centrales (por cierto acaba de venderla hace poco). Aquello fue amor a primera vista ¿sería yo capaz algún día de hacer algo parecido? Mucho me temía que no pero ¿por qué no intentarlo? En las páginas finales vi que el propio David impartía clases así que al día siguiente estaba llamando a primera hora al Museo de Alcobendas para inscribirme en algún curso. Iba totalmente a ciegas, había cursos de iniciación pero ¡qué leches, ya llevaba veinte años en esto! directamente al taller de coníferas…

No tenía en casa ningún árbol que poder llevar al taller, en realidad solo tenía una extensa colección de perejiles de tercera fila. David me comentó que podía comprar un árbol de los expuestos en su página web así que me dispuse a hacerlo. Ese fue el momento clave de mi afición. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza gastarme cierto dinero en un bonsái por lo que los precios de los árboles en venta me parecieron astronómicos. Después de mucho dudarlo elegí el más barato de todos. Era una sabina phoenicea, costaba 360 € y esta era la foto expuesta.



No quiero abusar de vuestra atención así que el resto de la historia de esta sabina os la contaré en otro momento. Hasta pronto.